Era un poema que se titulaba Semilla y lo escribí a lo largo de un verano.
Una mañana lo leí varias veces después de desayunar y me pareció que le faltaba algo, estaba incompleto. Por la tarde traté de modificarlo, añadí un final más largo, estiré una estrofa, mutilé algunos versos, eliminé varias palabras, extirpé y suplanté algunos sustantivos, maquillé unos cuantos adjetivos, hasta que tuve varias versiones del poema sobre mi mesa.
Sentí un temblor recorriéndome el cuerpo y las manos frías. Me pareció que ante mí tenía los diferentes disfraces de un fantasma, pero ninguno de ellos nombraba aquello que deseaba expresar. La semilla era una ilusión y mis intentos de hablar sobre ello burdos trajes que no terminaban de acoplarse al cuerpo efímero y voluble del fantasma.
Por la noche, sentado en el patio al fresco, frente a los tulipanes de mi vecina se me ocurrió que lo adecuado sería hacer germinar la semilla. ¿De qué me valía tener una poema en un trozo de papel?
Bajo tierra
La operación fue relativamente simple. Nunca había excavado, salvo de niño que enterrábamos bajo tierra las colas de las salamandras porque albergábamos la oscura esperanza de que resurgiesen convertidos en pequeños monstruos de cabezas diminutas y largas colas.
Recuerdo que esbocé un dibujo de la alimaña que nacería de una cola de salamandra. Tenía el cuerpo alargado y una barriga redonda como una pelota de ping pong, la cabeza de hiena con unos largos colmillos y orejas de murciélago, una cola abultada que se estrechaba en la punta, unas alas pegadas al cuerpo que se extendían y ocupaban tres o cuatro veces su cuerpo, y unas patas largas y huesudas enraizadas a la tierra. No llegué a realizar un segundo dibujo, de lo que deduzco que no nos pusimos de acuerdo sobre cómo resolver su desarraigo.
Nos resultaba más fácil imaginar qué tipo de ser nacería de una cola de salamandra -era una cuestión evidente- que concebir de un modo científico y lógico los pasos evolutivos que seguiría la alimaña para transformar sus raíces en pezuñas con garras afiladas. Y en algo llevábamos razón: creo que a todos nos resulta más sencillo explicar cómo somos a comprender nuestros orígenes.
Cogí una pequeña pala de jardinero y cavé un hoyo de unos 30 cm de profundidad e introduje todas las palabras que contenía el primer poema Semilla que había escrito. Lo cubrí de tierra y lo regué. Está operación la repetí con cada una de las versiones restantes del poema. Esperé.
Sobre la superficie
La tierra húmeda huele a hierba, a mineral y a roca. Su textura es granulosa, su sabor salino y su aspecto sombrío, pero no tanto como el interior donde apenas llega la luz. En el vientre, en la cueva, en la gruta, se conoce la luz por el calor que se filtra a través de la piel o de la piedra; en la oscuridad el sol es energía, fervor y pasión.
Las palabras nacen de una gruta, la boca. El deseo mueve los labios que se abren, la corriente de aire roza las paredes de la cueva y produce el sonido.
La primera palabra es un eco involuntario: el sonido de la palabra retumbando en su interior hasta que encuentra la salida.
Durante días palpé la tierra. Una hormiga se deslizó por mi mano. Al principio no se atrevía, hasta que halló el modo de adherirse a la superficie de mi piel. Cuando quise darme cuenta una hilera de diminutas hormigas negras me habían estrangulado la muñeca.
Un brote
Había olvidado el asunto del poema y los tulipanes de mi vecina mostraban un estado lamentable. Les había cortado las flores marchitas y los dejaba secar al sol, según ella para que muriesen en paz y extraerles los bulbos que servirían para nuevas plantaciones.
Miré angustiado hacia mi rincón y me acerqué con curiosidad, el suelo estaba más abultado de lo normal -pensé que quizá una rata había escavado en busca de las semillas o un topo con el estómago vacío, esas cosas suelen ocurrir- pero no hallé ningún orificio de entrada ni de salida.
Sí descubrí un diminuto brote, frágil, violáceo con la punta blanquecina. ¿Eso era un tallo o una pluma?
Uno más cinco es uno
A los pocos días un endeble tallo exhibía orgulloso su delicado cuerpo al sol. Había alcanzado una altura de unos seis centímetros y el tono blanquecino lo había perdido por un verde pálido que se intensificaba a medida que ganaba altura, en la base conservaba un ligero matiz morado, e incrustado en la tierra se adivinaba su cuerpo bulboso.
Me pareció que tenía un aspecto muy agradable, estaba seguro de que daría un fruto espectacular o de que se abriría en una exuberante flor.
Para mi asombro, y después de un par de semanas, de mis otros cinco intentos de plantación que en su momento había realizado, no germinó nada, ni siquiera una brizna insignificante de hierba.
Hacia arriba
La planta del poema semilla ascendió, ensimismada en el esfuerzo que le suponía crecer, como una flecha lanzada por un hábil arquero, hasta alcanzar una altura de veinte centímetros. Daba risa verla, tan escuálida, tan endeble y tan engreída.
Entonces se frenó, su tallo se movía de dentro hacia fuera, latía. Mi vecina la de los tulipanes la expiaba con curiosidad. Un día me dijo: <Eso es raro, no es una planta normal. Yo que tú tendría cuidado>, y me miró con cierto recelo.
A partir de ese momento no ascendió más, pero continuó creciendo a lo ancho. Su tallo se hizo robusto y su aspecto ganó en esplendor. Un bello capullo carmesí se formó al final del tallo y se abrió. No hubo flor ni fruto, sino que se replegó en dos labios que formaron un perfecto embudo.
Me asomé al interior. Tenía la oscuridad de una caña hueca y un tenue silbido ascendía de sus entrañas. Aproximé la oreja a su extremidad y me pareció reconocer el inquietante susurro apresado en el interior de una caracola.
A través de un sueño
Esa noche soñé en grande y en pequeño, hacia dentro y hacia fuera, en las alturas y bajo tierra. Corría frenético atravesando un callejón tan estrecho que me raspé los brazos con los muros de los edificios colindantes. Giré en el primer recodo y me encontré ante una explanada llena de gente. Había por lo menos tres mil o cuatro mil personas. Pensé en una manifestación, pero no vi pancartas ni folletos ni ningún gesto reivindicativo. Crucé veloz la gran plaza, irritado por el retraso y porque envidiaba sus risas y su aparente desgana.
Al otro lado una escalera descendía entre los árboles. Bajé los escalones de tres en tres sin detenerme a descansar ni a dilucidar sobre la dirección que llevaba. La escalera parecía no tener fin, me dolían las rodillas y los pies. Me paré en secó tan angustiado y desesperado que lo único que deseaba era gritar; entonces me di cuenta de que había llegado al final de la escalera porque gruesas raíces se incrustaban en la tierra y volvían a renacer un metro más allá.
Anduve entre troncos y hierbas que envolvían las raíces como si las protegiesen con papel de celofán verde, durante una hora; después, recuperado del esfuerzo que me había supuesto el descenso, eché de nuevo a correr sorteando las ramas, las plantas, las raíces, hasta que admití no seguir ningún camino.
Perdido, nervioso, miré a mi alrededor. Los troncos que creí se elevaban sobre mi cabeza no eran tales, sino raíces desnudas. El cielo o la tierra allá arriba vertían su oscuridad sobre aquel extraño paisaje y sobre mi ánimo cada vez más alterado. Me tumbé en el suelo de la caverna o sobre la superficie engrandecida de una hoja y soñé con las amapolas mutiladas de mi vecina.
Principio Cero de un Poema
El Principio Cero de la Termodinámica establece que si un sistema A está en equilibrio térmico con un sistema B, y este sistema B está en equilibrio térmico con otro sistema C, entonces los sistemas A y C están en equilibrio térmico.
La temperatura de una palabra es proporcional al deseo de ser pronunciada y al eco formado dentro de la gruta.
El Principio Cero de un poema establece que si una palabra está en equilibrio térmico con el deseo de nombrar, y este deseo está en equilibrio térmico con el eco dentro de la cueva, entonces la palabra y su eco están en equilibrio.
A la mañana siguiente salí al jardín para inspeccionar la planta. Algo en su aspecto había cambiado: en la parte superior de su cuello le había crecido una protuberancia, como un anillo que le rodeaba la garganta. Cuando se lo toqué con el dedo, saltó de dentro a fuera la palabra semilla que cayó medio metro más allá y se hundió en la tierra.
Cada dos meses nace una nueva planta Semilla y muere la anterior; aunque todavía no he llegado a averiguar si esto es así o es la misma semilla que viaja de este modo a través de mi jardín.
marlo
5-4-2009