martes 3 de noviembre de 2009

Hay poetas y poetas


Hay poetas y poetas.
Los hay que van descalzos sobre el asfalto, dando saltos como torpes sapos fuera del agua, o balanceando sus caderas al olor candente de la proximidad de las ferias.
Algunos viajan en aviones de papel y observan apesadumbrados desde las ventanillas cómo las alas vapulean las copas de los árboles, los árboles que olvidaron escribir; otros prefieren el rumor del tren y el bullicio anónimo de las estaciones, mientras persiguen los paraísos perdidos que robaron y nunca confesarán; y muchos, sin saberlo, mantienen las finanzas de los cafés sin vida con olor a alcanfor.
Hay poetas sin poemas; poemas que han sido escritos por demasiados poetas; y poemas que esconden al poeta que buscó incansable un hueco, un lugar donde construir(se), un trozo de libertad.
Hay poetas.
(marlo)

INFANCIA

En el bosque hay un pájaro, su canto os detiene y ruboriza.
Hay un reloj que no suena.
Hay un hoyo con un nido de bestias blancas.
Hay una catedral que desciende y un lago que asciende.
Hay un cochecito de niño abandonado entre los matorrales, o corriendo sendero abajo, encintado.
Hay una comparsa de cómicos disfrazados, marchando por el camino que linda con el bosque.
Hay, en fin, cuando tenéis hambre y sed, alguien que os expulsa.

Arthur Rimbaud

ENFANCE Au bois il y a un oiseau, son chant vous arrête et vous fait rougir. / Il y a une horloge qui ne sonne pas. / Il y a une fondrière avec un nid de bêtes blanches. / Il y a une cathédrale qui descend et un lac qui monte. / Il y a une petite voiture abandonnée dans le taillis, ou qui descend le sentier en courant, enrubannée. / Il y a une troupe de petits comédiens en costumes, aperçus sur la route à travers la lisère du bois. / Il y a enfin, quand l’on a faim et soif, quelqu’un qui vous chasse.

domingo 18 de octubre de 2009

Nota literaria: El anti-mundo o el envés de mi cabeza

Justo en ese momento, un hombre vestido con un traje pasado de moda y blancas patillas pasó ante nosotros; casi nos rozó, pero sin excusarse, cosa bastante rara en un inglés.

El peatón de aire se ha cruzado en mi camino en tres ocasiones y como un habitante más del anti-mundo quedó instalado, desde nuestro primer encuentro, a su libre albedrío en mi memoria; de modo que, de vez en cuando, alza su voz, salta en el aire lo más alto que puede y enganchándose a una rama imaginaria asciende implorando mi atención.

Hoy le he escuchado, su voz me seduce; su tono, templado y medido como la soga de Hitchcock, sostiene las situaciones más disparatadas y una lógica invertida tan natural como la vida sin catalogar; y su sentido del humor, inteligente y absurdo, me produce admiración.

Creo que es una historia genialmente contada que no caerá en el olvido porque su lugar es el límite, la frontera, la brecha que fragmenta la realidad, el pasadizo que pone en comunicación lo que vemos con aquello que no podemos vislumbrar, nuestro pensamiento con el objeto que admiramos, nuestra emoción con la persona que la provoca, lo que decimos con lo que ocultamos.

Asentarse en dicho lugar es difícil, pero permite sentir y apreciar el envés de las cosas. Algo que me parece importante en la actualidad, cuando la expresión plana de las imágenes y sus mensajes carentes de verdadera provocación que vemos constantemente en los medios de comunicación, invaden nuestro espacio vital y adiestran nuestro cerebro.

Por eso es importante ascender, aunque lo que se vea al otro lado no sea lo esperado, o sí, o demasiado diferente para comprenderlo, o no veamos nada…

Tu sabes montar bien en bicicleta. Bueno, lo mismo ocurre con el vuelo. Es el mismo equilibrio exactamente lo que hay que conseguir, no es otra cosa.

(El peatón del aire, de Eugéne Ionesco)

Marlo (Si no lo habéis hecho aún, os recomiendo leer esta obra)

lunes 5 de octubre de 2009

Primer paso

El arte se alimenta de la palabra; y la sonoridad de las palabras, del brillo e intensidad del color.
El breve extracto que expongo es un micromundo espacial en potencia. 
El primer paso de un proyecto en el que estoy trabajando y, como tengo el pequeño defecto de definir tanto las cosas que me encuentro como los objetos que manipulo, he decidido comenzar por el principio, por el paso que antecede, el previo, ese que la imaginación ya visualizó de todas las formas y posturas posibles: el movimiento de inicio en una partida de ajedrez en la mente del jugador que inaugura el juego.
Es decir, del presente paso está naciendo un nuevo poemario, poemas visuales y cientos y cientos de piruetas con más o menos gracia.
Fotografía: Juan Antonio Castro






















Un paso

El pie aproxima el objeto al ojo;
o quizá sea al revés, el ojo al objeto.
Cercana la mirada torna cuerpo
y pez y águila y señuelo.

(marlo)

lunes 7 de septiembre de 2009

Lugares donde esconder mis poemas (2)

(el poema exacto)

 

Una día de viento encontré las palabras exactas de mi poema.

Allí estaban, a la intemperie, soportando la tempestad sobre el asfalto.

Las coloqué con cuidado dentro del bolsillo de la chaqueta,

lo presioné con la palma de mi mano y proseguí mi camino.

 

(interior del bolsillo:

Mar, mar, mar, mar.

Mar mar mar, mar: ¡mar!

Mar mar mar mar mar

Marmar, mar- mar mar.)

 

Apenas anduve unos metros, necesité descansar.

Me dejé caer sobre un banco de la calle, junto a los excrementos

de palomas, bajo las ramas cansadas de un viejo árbol

y frente al escaparate de una tienda de ultramarinos.

 

(interior del bolsillo:

Mar mar mar mar;

mar -mar mar- mar; mar.

Mar ,mar ,mar, mar,

mar mar, mar mar, ¿mar?)

 

Sentía como el peso colosal de una enorme viga de hierro

me aplastaba las entrañas y me quemaba la ropa.

Me quité la chaqueta en un acto reflejo e involuntario

y la abandoné a su suerte sobre el respaldo de madera.

 

(  )

 

Dos horas más tarde volví con la intención de recuperarla.

Sobre el banco yacía un vagabundo durmiendo

con una plácida sonrisa en los labios y mi chaqueta puesta.

Creo que esa noche soñó con el poema que ya he olvidado.

(¿mar?)

 

Mar Lozano

(sin chaqueta)


miércoles 2 de septiembre de 2009

Desde la cueva (6) Fragmento

(partes de una cueva)

5. El hueco

El hueco designa varias acepciones. Caprichosamente elijo tres: el hueco como abertura en un muro, como condición de vacío interior y como sonido retumbante y profundo.

De este modo la palabra hueco define un extraño recorrido: dibuja una fisura, crea un espacio interior y lo recorre con la resonancia de la palabra que lo nombra. Es entonces cuando el hueco se hace cueva.

(El hueco de mi cueva es pequeño, está a ras del suelo y posee la cualidad de permitir la salida, no así la entrada.

Desde el hueco hablo con los transeúntes de fuera, y las palabras son modificadas por un efecto mágico nada más rozar sus negros barrotes que, a modo de enormes y vibrantes cuerdas vocales, modulan el sonido según entra o sale de la cueva.

También observo el exterior y puedo saber con cierta antelación quién dirige sus pasos hacia la cueva, si llamará a la puerta o indeciso se tomará su tiempo frente al hueco hasta tomar una decisión.

En esos momentos invento historias sobre los posibles desencadenantes y efectos secundarios que conllevaría tomar una alternativa o su contraria. Sólo un hecho se repite en todos los cuentos: la cueva se transforma en un lugar diferente dependiendo de quién llame a la puerta, se refleje sobre las paredes, deje la impronta de su huella, elija adentrarse o emerger utilizando la escalera y proyecte su voz a través de los barrotes dúctiles y herrumbrosos.

Por la cueva han pasado Don Quijotes meditabundos buscando la imagen cada día más difuminada de su amada Dulcinea, Caballeros Inexistentes de resplandeciente armadura blanca y dentadura sin usar, lobos esteparios tras los pasos que perdieron en la calle de sus recuerdos, cazadores con piel de cordero de suplicantes sonrisas afiladas como navajas, fantasmas timoratos obsesionados por una visión que consideran real y una larga lista de invitados, intrusos, mirones y despistados que han habitado la cueva por un segundo, horas, días e incluso noches.)

Fuera de la cueva (a modo de despedida)

He abandonado la cueva. Me ha costado emerger por la escala y salir al exterior a través del hueco. 

En cuclillas, con una mano sujetando la maleta y con la otra agarrada a uno de los barrotes, me he inclinado hacia dentro y he pronunciado mi nombre; la cueva me ha devuelto su eco. 

El rumor del mar ya nunca sonará igual en mis oídos. 

jueves 27 de agosto de 2009

Desde la Cueva (5) Fragmento


(partes de una cueva)

 4. La escalera

Las escaleras comunes, las que tienen peldaños, suben o bajan; la escalera de la cueva, que posee intervalos espaciales, se adentra o emerge.

(Los peldaños de la escalera son de madera pero podrían ser de cualquier otro material, su aspecto no es tan importante como su firmeza. En una cueva es fácil dar un traspiés y arañarse la piel con las paredes, o rodar por ellas y caer a lugares que uno no pensaba visitar.)

Mi escalera pone en comunicación el dormitorio con la puerta de entrada y el minúsculo recibidor, los sueños de entreplanta con la vida cotidiana, el fluir del inconsciente con la determinación de la voluntad.

(Como carece de barandilla, he aprendido a mantener el equilibrio y la atención en los pasos que voy dando. Dirijo el movimiento de mis caderas y los giros de cabeza, y controlo el peso que bascula sobre mis tobillos. Si me adentro demasiado y los intervalos espaciales se multiplican, se repliega sobre si misma y la repetición de la cadencia genera una escalera de caracol que no parece tener fin.)

Frente a la escalera de acceso y a lo largo de un muro, hay una pequeña escala de salida, y, como su nombre indica, me permite trepar hasta el hueco, divisar el otro lado y medir la temperatura tanto exterior como interior.

(En la escala puedo columpiarme y el equilibrio viene marcado por el movimiento ascendente y preciso de las manos que sirven de guía a mis pasos. Algunos días hago piruetas sobre ella, otros me arrastro pesadamente como una temerosa ostra abandonando su madriguera.)

Marlo

(girando)

lunes 3 de agosto de 2009

Cuento por cuento


Existen historias que evocan hechos pasados, otras que pretenden ganar la carrera al destino adelantando al presente con largas zancadas; las hay que narran un suceso, o dos, o tres, o infinidad de datos que no cuentan nada pero que alguien se empeñó en anotar con obstinación por miedo a que cayesen en el olvido (quizá sabía que algún día dejaría de recordar), como una lista de la compra o una relación de propósitos para el año nuevo.

En las historias se esconden a veces retazos de otros cuentos, presentes, pasados, en potencia de ser descifrados, reales, inventados o soñados; con frecuencia contienen un principio y un final, o se expanden sobre la superficie escurridiza de un espejo sin límites.

En una ocasión me preguntaron cómo saber cuándo acaba una historia y dónde comienza la siguiente y, después de buscar un argumento razonable en la recámara de mi memoria, me di cuenta de que no podía contestar. No me avergonzó no dar una respuesta hábil, certera y precisa, de esas que arrancan sonrisas de complacencia, porque cuando las busco rara vez hallo una en los bolsillos; pero me generó cierta inquietud no entender la lógica de una pregunta tan sencilla.

Al día siguiente trabajando en un dibujo comprendí que la pregunta estaba mal formulada. ¿Cómo saber cuándo acaba una historia y dónde comienza la siguiente? implica que una historia es un eslabón de una larga cadena de acontecimientos donde el tiempo marca un alto en un espacio inmutable.

Miré mi dibujo: Las dos figuras se hallaban aparentemente sobre la representación simbólica del espacio de una cueva iluminada y se entrecruzaban contando historias diferentes. ¿La figura tumbada soñaba con el dibujo del hombre?, ¿quizá él se inmiscuía a escondidas en el sueño de la mujer?, ¿se hallaban en el mismo espacio en tiempos distintos, se reconocían en un mismo instante separados por una larga distancia o vivían ajenos el uno del otro en un idéntico presente?

Entendí, más allá del significado de mi dibujo, que podía precisar un argumento: cuando escribo una historia rescato una parcela de realidad o bien, si me sitúo al otro lado del espejo, me pierdo en ella; y dicha realidad conforma un gran entramado de historias que se superponen, coletean, convergen, se niegan, se reafirman, se nombran, y un largo etcétera de posibilidades que mantienen el campo de juego activo e imantado.

Ahora puedo afirmar, desde mi limitada experiencia, que cuando creo una historia, o dibujo las palabras con sibilinas líneas, marco un hito dentro de esa gran red y asumo diferentes tiempos y espacios que se afectan entre sí (en esos momentos me siento un torpe saltimbanqui haciendo equilibrismo o un elefante de memoria inquebrantable y cien ojos); lo que todavía me atormenta un poco es que sigo sin entender la lógica natural de la pregunta que me formularon aquel fatídico día.

Marlo

(desde el interior de un cuento)

lunes 20 de julio de 2009

Libro: Desde la cueva (4) Fragmento

(Partes de una cueva)

3. El círculo.

(Un círculo es la huella de un laberinto escondido, el fugaz aleteo de un ave que busca su destino, la sombra de la noche mordiéndose la cola o, en su envés, el reflejo elástico e incandescente del día que se curva en actitud reverente.)

Dentro de mi cueva hay un círculo. Lo descubrí un día que extravié las llaves y no pude abrir la puerta; entonces, ansiosa y angustiada, miré por la mirilla. Sobre el suelo divisé el dibujo a tiza de un círculo rojo, me quedé extasiada. 

A la mañana siguiente anduve sobre los pasos del día anterior hasta el interior de una farmacia, donde una amable y aburrida señora extrajo un manojo de llaves de un cajón y me lo tendió con cierta precaución como si estuviese vendiendo un medicamento sin receta. 

Con el fármaco aliviador de perdidas en la mano me dirigí de nuevo a la cueva, abrí la puerta y descendí la escalera. Ni rastro del círculo rojo. 

En ciertos momentos y desde el dormitorio creo verlo, pero cuando parpadeo se diluye como un fantasma bajo un haz de luz; en cambio, en otras ocasiones, lo siento bajo mis pies cuando camino de una lado a otro de la cueva.

(El círculo quema la planta de los pies y bajo su influjo danzo en un tiempo que se expande y se contrae al ritmo de la música. Es un iris invertido, un agujero negro que late escondido en la tierra, la huella laberíntica de paraísos que duermen y de vez en cuando despiertan.)

marlo (de puntillas)

sábado 27 de junio de 2009

Viraje























Te abracé sobre el columpio
(rojo, oxidado, creciente)
tu brazo robó mi cintura
(travieso zumbido de mariposa)
mis besos te dejaron ciego
(abiertos al mar)
las palabras hilaron el vaivén
(rumor de amapola escondido)
de tus dedos, de mi risa,
(balanceo adolescente)
de nuestro deseo.
Marlo


jueves 18 de junio de 2009

Ven, que quiero desnudarme...

Cuando, hace años, leí este poema de Manuel Altolaguirre, me emocioné.
Es sencillo como una confidencia que se le cayó del bolsillo un buen día sin querer, cálido como el aliento de un susurro al oído y triste como el eco que retorna sin voz.
Y construí este dibujo.
marlo
(desde una larga distancia)






















¡Ven, que quiero desnudarme!
Ya se fue la luz y tengo
cansancio de estos vestidos.
¡Quítame el traje! Que crean
que he muerto, porque desnudo
mientras me velan el sueño
descanso toda la noche;
porque mañana temprano,
desnudo de mi desnudo,
iré a bañarme en un río,
mientras mi traje con traje
lo guardarán para siempre.
Ven, muerte, que soy un niño
y quiero que me desnuden,
que se fue la luz y tengo
cansancio de estos vestidos.
(M. Altolaguirre)

miércoles 3 de junio de 2009

Libro: Desde la cueva (3) Fragmento


(Partes de una cueva)

2. Las paredes.

En los días calurosos, las paredes de la cueva están frías y aparecen revestidas de un inexpresivo papel cobertor como una máscara blanca carente de gesto;

(El gesto lo desvela la sombra. Las sombras son el papel pintado que conforma una película cinematográfica. Se proyectan aquí, pero el movimiento continuo les impide fijarse en un ahora, siempre en constante aleteo hacia el devenir. Las sombras son dúctiles, arbitrarias, caprichosas; saben a pepino y a sal, a vainilla sin azúcar ; y huelen como las manos manchadas de un niño.)

sin embargo, en los días húmedos y desapacibles las paredes tornan cálidas y alientan al invitado, también en las noches de lluvia.

(Una noche soñé con él y con los otros; con los que estuvieron y los que pasaron de largo. Todos se hallaban congregados a un festín sin anfitrión. Ellos me hablaban y yo les observaba deseando escapar. Mis ojos rastreaban la salida, los cubrí con las palmas de las manos; aun así, sus voces, la música y el olor de la comida permanecieron en la cueva. A la mañana siguiente descubrí los restos del ágape sobre las paredes.)
Marlo
(en el interior)

martes 26 de mayo de 2009

El tiempo que dura el salto de un pez volador

Hace tiempo que no escribo sobre él, tampoco sobre mí y por supuesto aún menos acerca de los demás.

Hace semanas que gestiono y mi cabeza se ha convertido en una enorme calculadora sin teclas y sin funciones; por eso no consigo cuadrar las cuentas, ni las señales de humo, ni las sombras que juegan al ratón y al gato sobre las paredes de la cueva.

Hace días que no leo; se me cansaron los ojos. Algo empeña mi retina, lo noto cuando parpadeo y cuando subo la escala descalza por las mañanas para asomarme a la ventana: todas las piernas son un mismo paso. Siento vértigo de la horizontal sin altura del exterior.

Hace una hora que perdí el recuerdo, se lo llevó una ráfaga de aire o, tal vez, un torpe aprendiz de pez volador se atragantó al intentar capturar una presa dos veces mayor que él.

Hace un par de minutos que me atemorizaron los ojos ciegos de un pez con las alas quebradas. 

Sé que dentro de un segundo me embaucará el recuerdo de su rostro, sus manos rozarán mi cintura y tendré la tentación de escribirle. 

Entonces saldré a la calle y, tumbada sobre la acera, observaré el interior de la cueva.
Marlo
(un pez se escapó a través de mi ventana)

domingo 17 de mayo de 2009

POEMA VISUAL: Deseo (Poema perteneciente a la serie Vasos comunicantes)

La poesía visual como una mesa camilla patas arriba.


A los seis años me enseñaron a dibujar en el colegio, a plasmar sobre un papel las cosas que me rodeaban de forma habitual y que, extraña paradoja, había conocido dibujando cuando comencé a garabatear de forma intuitiva sobre cualquier superficie que hallaba a mi paso. 

"Un método es importante", escuché. "¿Por qué?", pregunté. "Para copiar con precisión lo que ves sobre una hoja de papel."

Entonces descubrí con horror dos cosas: la primera, y que más me atormentó, fue que hasta ese momento yo no había dibujado nada; y la segunda, que requería de ciertas armas para ser precisa.

Me puse manos a la obra. Mi primer dibujo fue un auténtico desastre, le faltaba precisión –mis líneas temblaban y se retorcían como árboles con dolor de estómago- y lo que era mucho peor: se veía cómo lo había hecho. Debía difuminar, suavizar, eliminar las líneas falsas, las manchas, los borrones. No bastaba con construir líneas, planos, curvas, sino que además debía cubrir todo ello; es decir, dibujar era algo parecido a construir una mesa camilla con su falda y su tapete.

Cuento esta pequeña anécdota porque cuando descubrí, años más tarde, el mundo de la poesía visual y experimental pensé que alguien había dado la vuelta a la mesa camilla y la había puesto obscenamente patas arriba. Y este hecho me resultó inquietante, impúdico, desestabilizador e irresistiblemente atractivo.

Ante el poema Llave de Joan Brossa uno descubre que el lenguaje no es una llave mágica con propiedades sobrenaturales que abre cualquier cerradura, sino que es capaz de generar todos los códigos necesarios e innecesarios para entrar o salir de cuantas estancias se quiera, porque tan importante es el mensaje como la construcción de ese proceso que se genera.

La poesía visual, el poema objeto y el libro objeto, el net.art, el arte postal y todas aquellas manifestaciones artísticas que han surgido en esta línea, ponen de manifiesto la importancia en el arte del proceso, de la elaboración, de la generación de redes de significado que se alimentan unas de otras y que enriquecen nuestra percepción; al mismo tiempo que evidencian las carencias actuales de una sociedad que valora los medios en función del resultado obtenido.

Un poema visual no es una mirilla, tampoco una cerradura, ni la llave que encajará en la puerta, porque tanto la mirilla, como la cerradura o la llave están en el poema visual a la vista de todos; lo que otorga a este tipo de manifestación artística gran libertad de movimiento, de expresión, de manipulación, de crítica y de autocrítica.

 Y con las claves que nos descubre la poesía visual uno puede ser preciso si así lo desea, dibujar elefantes de largas trompas, rastrear las vocales de un caracol, catalogar los diferentes sonidos de las bocinas de los coches, construir mesas camilla y levantarles las faldas o prenderles fuego.

 

Mar Lozano Reinoso

 

domingo 10 de mayo de 2009

Desde la cueva (3): Ecos

POEMAS VISUALES
Eco circular

Eco cóncavo / Eco convexo

sábado 9 de mayo de 2009

POEMA VISUAL: La elasticidad de las palabras

domingo 3 de mayo de 2009

Libro: Desde la Cueva (2) Imágenes

Escenas 
(interior de la cueva)



Historias por contar

Cada noche, al tumbarme en la cama y mientras mi cuerpo se abandona al descanso, mi mente fabrica imágenes de forma involuntaria, breves extractos de posibles cuentos. En esos momentos siento rabia porque no estoy en condiciones de escribir e impotencia porque sé que perderé esos fragmentos de historias y, por una cuestión de estadística, siempre habrá alguno que merezca la pena. 
Por este motivo he decidido colocar un breve cuaderno y un bolígrafo junto a la lamparilla de noche y comenzar lo que he llamado supuestos de cuentos. No son relatos, tampoco ideas ocurrentes dignas de mención, ni breves anotaciones sobre sucesos acontecidos; sino esqueletos de cuentos que quizá un día vean la luz. 

Supuesto nº1 de un cuento.

(Un hombre camina por una carretera. Su paso es lento y regular. Los brazos le caen a ambos lados del cuerpo como dos sacos de patatas y mira al frente con cierto recelo.)

(La carretera es poco transitada. Un coche reduce la velocidad y para a su lado. Desde la ventanilla el conductor, un joven en mangas de camisa y con la corbata a medio anudar, le indica con una seña que le llevará si así lo desea. El hombre parece dudar pero finalmente accede.)

(Dentro del coche el joven le ofrece un cigarrillo y le pregunta hacia dónde se dirige. La conversación sería algo así:
- Donde voy carece de importancia.
- ¿Por qué? 
- Porque moriré al sobrepasar el árbol número 283.
- ¿Cómo dice?
- Digo que moriré al llegar al árbol número 283 –y le señala con el dedo los árboles alineados a un lado de la cuneta. 
- ¿Está de broma? 
- No bromearía sobre algo así.
- ¿Y cómo sabe cuál es el árbol 283?
- Porque he comenzado a contar cuando me he subido a su coche. 
- ¡Ya! ¿Y por qué está tan seguro de que morirá?
- Porque usted morirá a la altura del árbol 283.)

(El joven, nervioso y enfadado, arroja el cigarrillo por la ventanilla, frena el coche con brusquedad y le pide que se baje inmediatamente. El hombre lo hace con cierta parsimonia y una vez sobre la calzada le tiende la mano y le obsequia con una amplia sonrisa:
- Ha sido muy generoso de su parte, se lo agradeceré lo que me reste de vida.)

Marlo
(un paseo en coche)

martes 21 de abril de 2009

Libro: Desde la Cueva (1) Fragmento

(Partes de una cueva)

1. La puerta de la cueva

A la cueva siempre se entra por la puerta de atrás como un hábil ladrón que ha estudiado durante días los diferentes accesos a Palacio hasta dar con la grieta, la abertura olvidada y no custodiada por los vigías.
(Los vigías siempre juegan a las cartas en los momentos críticos. Eso lo aprendí en las novelas que leía bajo la cama antes de dormir, cuando la noche viste las horas y los sueños son la puerta de escape. Y a todos nos gustan los naipes y ganar alguna que otra partida.) 
Dicha puerta es una O. Hay quien dice que es el minúsculo orificio de un odre, otros por el contrario aseguran que es el extremo más holgado de un embudo. Para los primeros la cueva es el seno de sus recuerdos; para los segundos una entrada sin camino, el hueco cóncavo de una cuchara; para mí la entrada a la cueva es una mirilla y un columpio.
(A los niños les gusta columpiarse. Desde el columpio todo se mueve y se transforma sin cesar. Las nubes aceleran el paso, los árboles extienden y recogen sus ramas siguiendo el ritmo de una danza muda, la tierra, la hierba y las piedras juegan a pillar, y las personas cercanas suben y bajan indecisas.)
La mirilla es una pequeña abertura circular que tienen algunos instrumentos topográficos para dirigir visuales. Esto me lo enseñó mi amigo Aldo que es topógrafo forense y cuentista, reinventa los escenarios de un siniestro y relata historias que nivela con su imaginación. 
Supongo que mi cueva es como las demás. Desde mi columpio y a través de la mirilla reconstruyo las distancias, juego con los deseos que se escapan de los bolsillos, cuento las sombras y sorprendo a los fantasmas rezagados. 

Marlo
(en el umbral)

martes 14 de abril de 2009

Libro: Alfabeto. Fragmento. Ilustraciones Mar Lozano.

p= un paso en el espacio.
d= distancia en el tiempo.
pn= pensamiento.
D= deseo.
r= rozamiento (intensidad de roce entre la mirada y el objeto presente)

p= d(pn1-pn2) x D / r



Lugares donde esconder mis poemas (1)


Un buen día enterré un poema para exhibirlo.

Era un poema que se titulaba Semilla y lo escribí a lo largo de un verano.
Una mañana lo leí varias veces después de desayunar y me pareció que le faltaba algo, estaba incompleto. Por la tarde traté de modificarlo, añadí un final más largo, estiré una estrofa, mutilé algunos versos, eliminé varias palabras, extirpé y suplanté algunos sustantivos, maquillé unos cuantos adjetivos, hasta que tuve varias versiones del poema sobre mi mesa. 
Sentí un temblor recorriéndome el cuerpo y las manos frías. Me pareció que ante mí tenía los diferentes disfraces de un fantasma, pero ninguno de ellos nombraba aquello que deseaba expresar. La semilla era una ilusión y mis intentos de hablar sobre ello burdos trajes que no terminaban de acoplarse al cuerpo efímero y voluble del fantasma. 
Por la noche, sentado en el patio al fresco, frente a los tulipanes de mi vecina se me ocurrió que lo adecuado sería hacer germinar la semilla. ¿De qué me valía tener una poema en un trozo de papel?

Bajo tierra

La operación fue relativamente simple. Nunca había excavado, salvo de niño que enterrábamos bajo tierra las colas de las salamandras porque albergábamos la oscura esperanza de que resurgiesen convertidos en pequeños monstruos de cabezas diminutas y largas colas. 
Recuerdo que esbocé un dibujo de la alimaña que nacería de una cola de salamandra. Tenía el cuerpo alargado y una barriga redonda como una pelota de ping pong, la cabeza de hiena con unos largos colmillos y orejas de murciélago, una cola abultada que se estrechaba en la punta, unas alas pegadas al cuerpo que se extendían y ocupaban tres o cuatro veces su cuerpo, y unas patas largas y huesudas enraizadas a la tierra. No llegué a realizar un segundo dibujo, de lo que deduzco que no nos pusimos de acuerdo sobre cómo resolver su desarraigo. 
Nos resultaba más fácil imaginar qué tipo de ser nacería de una cola de salamandra -era una cuestión evidente- que concebir de un modo científico y lógico los pasos evolutivos que seguiría la alimaña para transformar sus raíces en pezuñas con garras afiladas. Y en algo llevábamos razón: creo que a todos nos resulta más sencillo explicar cómo somos a comprender nuestros orígenes.
Cogí una pequeña pala de jardinero y cavé un hoyo de unos 30 cm de profundidad e introduje todas las palabras que contenía el primer poema Semilla que había escrito. Lo cubrí de tierra y lo regué. Está operación la repetí con cada una de las versiones restantes del poema. Esperé.

Sobre la superficie

La tierra húmeda huele a hierba, a mineral y a roca. Su textura es granulosa, su sabor salino y su aspecto sombrío, pero no tanto como el interior donde apenas llega la luz. En el vientre, en la cueva, en la gruta, se conoce la luz por el calor que se filtra a través de la piel o de la piedra; en la oscuridad el sol es energía, fervor y pasión. 
Las palabras nacen de una gruta, la boca. El deseo mueve los labios que se abren, la corriente de aire roza las paredes de la cueva y produce el sonido.
La primera palabra es un eco involuntario: el sonido de la palabra retumbando en su interior hasta que encuentra la salida. 
Durante días palpé la tierra. Una hormiga se deslizó por mi mano. Al principio no se atrevía, hasta que halló el modo de adherirse a la superficie de mi piel. Cuando quise darme cuenta una hilera de diminutas hormigas negras me habían estrangulado la muñeca.

Un brote

Había olvidado el asunto del poema y los tulipanes de mi vecina mostraban un estado lamentable. Les había cortado las flores marchitas y los dejaba secar al sol, según ella para que muriesen en paz y extraerles los bulbos que servirían para nuevas plantaciones. 
Miré angustiado hacia mi rincón y me acerqué con curiosidad, el suelo estaba más abultado de lo normal -pensé que quizá una rata había escavado en busca de las semillas o un topo con el estómago vacío, esas cosas suelen ocurrir- pero no hallé ningún orificio de entrada ni de salida. 
Sí descubrí un diminuto brote, frágil, violáceo con la punta blanquecina. ¿Eso era un tallo o una pluma?

Uno más cinco es uno
 
A los pocos días un endeble tallo exhibía orgulloso su delicado cuerpo al sol. Había alcanzado una altura de unos seis centímetros y el tono blanquecino lo había perdido por un verde pálido que se intensificaba a medida que ganaba altura, en la base conservaba un ligero matiz morado, e incrustado en la tierra se adivinaba su cuerpo bulboso. 
Me pareció que tenía un aspecto muy agradable, estaba seguro de que daría un fruto espectacular o de que se abriría en una exuberante flor. 
Para mi asombro, y después de un par de semanas, de mis otros cinco intentos de plantación que en su momento había realizado, no germinó nada, ni siquiera una brizna insignificante de hierba.


Hacia arriba

La planta del poema semilla ascendió, ensimismada en el esfuerzo que le suponía crecer, como una flecha lanzada por un hábil arquero, hasta alcanzar una altura de veinte centímetros. Daba risa verla, tan escuálida, tan endeble y tan engreída.
Entonces se frenó, su tallo se movía de dentro hacia fuera, latía. Mi vecina la de los tulipanes la expiaba con curiosidad. Un día me dijo: <Eso es raro, no es una planta normal. Yo que tú tendría cuidado>, y me miró con cierto recelo. 
A partir de ese momento no ascendió más, pero continuó creciendo a lo ancho. Su tallo se hizo robusto y su aspecto ganó en esplendor. Un bello capullo carmesí se formó al final del tallo y se abrió. No hubo flor ni fruto, sino que se replegó en dos labios que formaron un perfecto embudo. 
Me asomé al interior. Tenía la oscuridad de una caña hueca y un tenue silbido ascendía de sus entrañas. Aproximé la oreja a su extremidad y me pareció reconocer el inquietante susurro apresado en el interior de una caracola. 

A través de un sueño

Esa noche soñé en grande y en pequeño, hacia dentro y hacia fuera, en las alturas y bajo tierra. Corría frenético atravesando un callejón tan estrecho que me raspé los brazos con los muros de los edificios colindantes. Giré en el primer recodo y me encontré ante una explanada llena de gente. Había por lo menos tres mil o cuatro mil personas. Pensé en una manifestación, pero no vi pancartas ni folletos ni ningún gesto reivindicativo. Crucé veloz la gran plaza, irritado por el retraso y porque envidiaba sus risas y su aparente desgana. 
Al otro lado una escalera descendía entre los árboles. Bajé los escalones de tres en tres sin detenerme a descansar ni a dilucidar sobre la dirección que llevaba. La escalera parecía no tener fin, me dolían las rodillas y los pies. Me paré en secó tan angustiado y desesperado que lo único que deseaba era gritar; entonces me di cuenta de que había llegado al final de la escalera porque gruesas raíces se incrustaban en la tierra y volvían a renacer un metro más allá. 
Anduve entre troncos y hierbas que envolvían las raíces como si las protegiesen con papel de celofán verde, durante una hora; después, recuperado del esfuerzo que me había supuesto el descenso, eché de nuevo a correr sorteando las ramas, las plantas, las raíces, hasta que admití no seguir ningún camino. 
Perdido, nervioso, miré a mi alrededor. Los troncos que creí se elevaban sobre mi cabeza no eran tales, sino raíces desnudas. El cielo o la tierra allá arriba vertían su oscuridad sobre aquel extraño paisaje y sobre mi ánimo cada vez más alterado. Me tumbé en el suelo de la caverna o sobre la superficie engrandecida de una hoja y soñé con las amapolas mutiladas de mi vecina.

Principio Cero de un Poema

El Principio Cero de la Termodinámica establece que si un sistema A está en equilibrio térmico con un sistema B, y este sistema B está en equilibrio térmico con otro sistema C, entonces los sistemas A y C están en equilibrio térmico.
La temperatura de una palabra es proporcional al deseo de ser pronunciada y al eco formado dentro de la gruta. 
El Principio Cero de un poema establece que si una palabra está en equilibrio térmico con el deseo de nombrar, y este deseo está en equilibrio térmico con el eco dentro de la cueva, entonces la palabra y su eco están en equilibrio.
A la mañana siguiente salí al jardín para inspeccionar la planta. Algo en su aspecto había cambiado: en la parte superior de su cuello le había crecido una protuberancia, como un anillo que le rodeaba la garganta. Cuando se lo toqué con el dedo, saltó de dentro a fuera la palabra semilla que cayó medio metro más allá y se hundió en la tierra. 
Cada dos meses nace una nueva planta Semilla y muere la anterior; aunque todavía no he llegado a averiguar si esto es así o es la misma semilla que viaja de este modo a través de mi jardín. 
marlo
5-4-2009

Libro El bosque del caracol. Fragmento. Dibujos Mar Lozano.




He pasado con anterioridad por este lugar, creo haber visto ese tronco deformado y aquel con la inscripción desfigurada por el tiempo, que un desconocido grabó con dedicación para constatar su presencia y su deseo, quizá él encontró una salida. No recuerdo cuándo fue, pero incluso reconozco el olor que exudan las ramas, las hojas caídas semienterradas en la tierra. ¡Llevo tanto tiempo vagabundeando inserto en el bosque! 

El bosque no puede dejar de ser bosque, esa es su condición, y su límite. En el bosque tienen cabida todos los senderos: los imantados, que suelen estar colmados como un panel de abejas; los ermitaños, que esconden paraísos detrás de pendientes inaccesibles y llanuras devastadas; los atajos de dudosa oscuridad; los que han hecho historia, y están decorados con luces de fiesta y banderines; los cotidianos, millones de huellas sobre huellas de doble dirección porque rara vez llevan lejos; los inaccesibles que no tienen nombre; los asfaltados dentro del marco de la legalidad; los abandonados de infinitas ramificaciones; los trazados con obstinación y voluntad; los soñados, los más deseados. Existen millones de ellos. También el que todos guardamos en el bolsillo: el sendero que un día trazamos, con un lápiz que encontramos, sobre una servilleta, en el borde de una guía de teléfonos o al margen de una carta; y que lo llevamos por si acaso, por si un día nos topamos con él y podemos identificarlo.


lunes 13 de abril de 2009

Un pequeño relato; una breve carta

 
La carta

Las sábanas estaban frías, lo sentía bajo los muslos, y le picaba la piel al contacto de la tela demasiado almidonada. Pensó que se debía al empeño de los hoteles por eliminar cualquier rastro que hubiese podido dejar el inquilino anterior; por eso las paredes destilaban un profundo olor a cloroformo perfumado, de las tuberías del baño emanaba un fuerte hedor a lejía y en las toallas se concentraba el aroma de las flores mutiladas antes de tiempo. Aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum, era el mejunje que había utilizado para ducharse aquella misma mañana, o por lo menos eso certificaba la etiqueta del gel. A ella le pareció que olía como las toallas y las sábanas.
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas y calentaba su espalda semidesnuda. Era lo único agradable de aquella tarde de noviembre. No había querido vestirse, lo había dejado para el final, por si acaso; ponerse la ropa suponía claudicar, cerrar la puerta con el doble cerrojo y volver a caminar. 
Preparó el equipaje con parsimonia, con una dedicación extraña y obsesiva. Dobló la ropa con exactitud para que no se arrugase, la colocó dentro de las maletas en montoncitos simétricos y alineados con precisión, recogió las pocas cosas que había dejado a su llegada en el baño: una crema para las manos y otra para la cara, un perfume, un peine, el cepillo de dientes, el dentífrico, un colorete y una barra de labios. Lo metió todo dentro de una bolsa de mano y buscó su hueco dentro de la maleta. 
Se quedó mirando unos minutos el equipaje, ensimismada, nunca en su vida lo había hecho tan bien, incluso le sobraba sitio. Cerró las maletas con brusquedad: esos huecos que quedaban le parecieron obscenos. Sobre el sillón había dejado el vestido que iba a ponerse, el rosa pálido con las flores bordadas del mismo color que siempre había sido su preferido y el abrigo blanco y negro. Los zapatos negros de tacón esperaban sobre la moqueta y el sombrero, regalo de él, en lo alto del armario, cerca de la puerta.
Se había fumado dos cigarrillos. Hacía tiempo que lo había dejado; él había sido tan obstinado en sus ruegos para que no fumase, que le había hecho caso. Por él cualquier cosa, al fin y al cabo sólo era humo. Pero aquella tarde el humo le supo distinto, más ligero, menos amenazante y algo insípido. 
El primero lo encendió sin querer -alguien había dejado por descuido un paquete abierto sobre la repisa del baño- mientras iba de un lado a otro de la habitación, pensando, buscando motivos que justificasen su retraso, dilucidando qué debía hacer, si le llamaba a casa o mejor a su trabajo, si esperaba hasta la noche o tomaba el primer vuelo de regreso de la tarde. 
El segundo lo fumó medio recostada en la cama, para calmarse, tratando de frenar la excesiva actividad de su cerebro y porque algo en su garganta le impedía respirar. El sol no entraba por la ventana y tuvo que encender la luz de la habitación. El humo ascendía caprichoso hacia el techo, unas veces gris, otras de un blanco poco creíble. 
Aspiraba el humo con decisión para no llorar, no, no debía hacerlo, seguro que había sido un malentendido, quizá se había equivocado de día o de hotel o le habría ocurrido un imprevisto de última hora. No, él no era ese tipo de hombre. 
Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Se incorporó. Oyó como un conserje pronunciaba su nombre mientras introducía un sobre por debajo de la puerta. No contestó, esperó a no oír sus pasos en el pasillo para abrir la carta. Se había sentado sobre la cama, le temblaban las manos, el frío de las sábanas le adormecía las piernas y una mano invisible le oprimía con dureza el pecho. 
Rasgó el sobre y leyó, una vez, dos veces, tres. Apenas un par de líneas, era suficiente, estaba claro. Le dolió su brevedad, casi hubiese preferido recibir la carta en blanco sólo con su firma, con ese gesto también hubiese bastado y le habría dado la oportunidad de elegir las palabras. 
Ahora ya era tarde, en su memoria habían quedado grabadas para siempre esas dos frases. Cerró los ojos, el frío de la sábana le dolía.
Se levantó y se dirigió al baño. Se quitó la ropa interior. Abrió el agua de la ducha y tomó el gel de aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum y lo extendió con la esponja por todo su cuerpo. Frotó sobre su piel, con ardor, con violencia, con insistencia.

Marlo
(perdida en una habitación de hotel)