martes, 21 de abril de 2009

Libro: Desde la Cueva (1) Fragmento

(Partes de una cueva)

1. La puerta de la cueva

A la cueva siempre se entra por la puerta de atrás como un hábil ladrón que ha estudiado durante días los diferentes accesos a Palacio hasta dar con la grieta, la abertura olvidada y no custodiada por los vigías.
(Los vigías siempre juegan a las cartas en los momentos críticos. Eso lo aprendí en las novelas que leía bajo la cama antes de dormir, cuando la noche viste las horas y los sueños son la puerta de escape. Y a todos nos gustan los naipes y ganar alguna que otra partida.) 
Dicha puerta es una O. Hay quien dice que es el minúsculo orificio de un odre, otros por el contrario aseguran que es el extremo más holgado de un embudo. Para los primeros la cueva es el seno de sus recuerdos; para los segundos una entrada sin camino, el hueco cóncavo de una cuchara; para mí la entrada a la cueva es una mirilla y un columpio.
(A los niños les gusta columpiarse. Desde el columpio todo se mueve y se transforma sin cesar. Las nubes aceleran el paso, los árboles extienden y recogen sus ramas siguiendo el ritmo de una danza muda, la tierra, la hierba y las piedras juegan a pillar, y las personas cercanas suben y bajan indecisas.)
La mirilla es una pequeña abertura circular que tienen algunos instrumentos topográficos para dirigir visuales. Esto me lo enseñó mi amigo Aldo que es topógrafo forense y cuentista, reinventa los escenarios de un siniestro y relata historias que nivela con su imaginación. 
Supongo que mi cueva es como las demás. Desde mi columpio y a través de la mirilla reconstruyo las distancias, juego con los deseos que se escapan de los bolsillos, cuento las sombras y sorprendo a los fantasmas rezagados. 

Marlo
(en el umbral)

martes, 14 de abril de 2009

Libro: Alfabeto. Fragmento. Ilustraciones Mar Lozano.

p= un paso en el espacio.
d= distancia en el tiempo.
pn= pensamiento.
D= deseo.
r= rozamiento (intensidad de roce entre la mirada y el objeto presente)

p= d(pn1-pn2) x D / r



Libro El bosque del caracol. Fragmento. Dibujos Mar Lozano.




He pasado con anterioridad por este lugar, creo haber visto ese tronco deformado y aquel con la inscripción desfigurada por el tiempo, que un desconocido grabó con dedicación para constatar su presencia y su deseo, quizá él encontró una salida. No recuerdo cuándo fue, pero incluso reconozco el olor que exudan las ramas, las hojas caídas semienterradas en la tierra. ¡Llevo tanto tiempo vagabundeando inserto en el bosque! 

El bosque no puede dejar de ser bosque, esa es su condición, y su límite. En el bosque tienen cabida todos los senderos: los imantados, que suelen estar colmados como un panel de abejas; los ermitaños, que esconden paraísos detrás de pendientes inaccesibles y llanuras devastadas; los atajos de dudosa oscuridad; los que han hecho historia, y están decorados con luces de fiesta y banderines; los cotidianos, millones de huellas sobre huellas de doble dirección porque rara vez llevan lejos; los inaccesibles que no tienen nombre; los asfaltados dentro del marco de la legalidad; los abandonados de infinitas ramificaciones; los trazados con obstinación y voluntad; los soñados, los más deseados. Existen millones de ellos. También el que todos guardamos en el bolsillo: el sendero que un día trazamos, con un lápiz que encontramos, sobre una servilleta, en el borde de una guía de teléfonos o al margen de una carta; y que lo llevamos por si acaso, por si un día nos topamos con él y podemos identificarlo.


lunes, 13 de abril de 2009

Un pequeño relato; una breve carta

 
La carta

Las sábanas estaban frías, lo sentía bajo los muslos, y le picaba la piel al contacto de la tela demasiado almidonada. Pensó que se debía al empeño de los hoteles por eliminar cualquier rastro que hubiese podido dejar el inquilino anterior; por eso las paredes destilaban un profundo olor a cloroformo perfumado, de las tuberías del baño emanaba un fuerte hedor a lejía y en las toallas se concentraba el aroma de las flores mutiladas antes de tiempo. Aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum, era el mejunje que había utilizado para ducharse aquella misma mañana, o por lo menos eso certificaba la etiqueta del gel. A ella le pareció que olía como las toallas y las sábanas.
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas y calentaba su espalda semidesnuda. Era lo único agradable de aquella tarde de noviembre. No había querido vestirse, lo había dejado para el final, por si acaso; ponerse la ropa suponía claudicar, cerrar la puerta con el doble cerrojo y volver a caminar. 
Preparó el equipaje con parsimonia, con una dedicación extraña y obsesiva. Dobló la ropa con exactitud para que no se arrugase, la colocó dentro de las maletas en montoncitos simétricos y alineados con precisión, recogió las pocas cosas que había dejado a su llegada en el baño: una crema para las manos y otra para la cara, un perfume, un peine, el cepillo de dientes, el dentífrico, un colorete y una barra de labios. Lo metió todo dentro de una bolsa de mano y buscó su hueco dentro de la maleta. 
Se quedó mirando unos minutos el equipaje, ensimismada, nunca en su vida lo había hecho tan bien, incluso le sobraba sitio. Cerró las maletas con brusquedad: esos huecos que quedaban le parecieron obscenos. Sobre el sillón había dejado el vestido que iba a ponerse, el rosa pálido con las flores bordadas del mismo color que siempre había sido su preferido y el abrigo blanco y negro. Los zapatos negros de tacón esperaban sobre la moqueta y el sombrero, regalo de él, en lo alto del armario, cerca de la puerta.
Se había fumado dos cigarrillos. Hacía tiempo que lo había dejado; él había sido tan obstinado en sus ruegos para que no fumase, que le había hecho caso. Por él cualquier cosa, al fin y al cabo sólo era humo. Pero aquella tarde el humo le supo distinto, más ligero, menos amenazante y algo insípido. 
El primero lo encendió sin querer -alguien había dejado por descuido un paquete abierto sobre la repisa del baño- mientras iba de un lado a otro de la habitación, pensando, buscando motivos que justificasen su retraso, dilucidando qué debía hacer, si le llamaba a casa o mejor a su trabajo, si esperaba hasta la noche o tomaba el primer vuelo de regreso de la tarde. 
El segundo lo fumó medio recostada en la cama, para calmarse, tratando de frenar la excesiva actividad de su cerebro y porque algo en su garganta le impedía respirar. El sol no entraba por la ventana y tuvo que encender la luz de la habitación. El humo ascendía caprichoso hacia el techo, unas veces gris, otras de un blanco poco creíble. 
Aspiraba el humo con decisión para no llorar, no, no debía hacerlo, seguro que había sido un malentendido, quizá se había equivocado de día o de hotel o le habría ocurrido un imprevisto de última hora. No, él no era ese tipo de hombre. 
Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Se incorporó. Oyó como un conserje pronunciaba su nombre mientras introducía un sobre por debajo de la puerta. No contestó, esperó a no oír sus pasos en el pasillo para abrir la carta. Se había sentado sobre la cama, le temblaban las manos, el frío de las sábanas le adormecía las piernas y una mano invisible le oprimía con dureza el pecho. 
Rasgó el sobre y leyó, una vez, dos veces, tres. Apenas un par de líneas, era suficiente, estaba claro. Le dolió su brevedad, casi hubiese preferido recibir la carta en blanco sólo con su firma, con ese gesto también hubiese bastado y le habría dado la oportunidad de elegir las palabras. 
Ahora ya era tarde, en su memoria habían quedado grabadas para siempre esas dos frases. Cerró los ojos, el frío de la sábana le dolía.
Se levantó y se dirigió al baño. Se quitó la ropa interior. Abrió el agua de la ducha y tomó el gel de aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum y lo extendió con la esponja por todo su cuerpo. Frotó sobre su piel, con ardor, con violencia, con insistencia.

Marlo
(perdida en una habitación de hotel)