martes, 26 de mayo de 2009

El tiempo que dura el salto de un pez volador

Hace tiempo que no escribo sobre él, tampoco sobre mí y por supuesto aún menos acerca de los demás.

Hace semanas que gestiono y mi cabeza se ha convertido en una enorme calculadora sin teclas y sin funciones; por eso no consigo cuadrar las cuentas, ni las señales de humo, ni las sombras que juegan al ratón y al gato sobre las paredes de la cueva.

Hace días que no leo; se me cansaron los ojos. Algo empeña mi retina, lo noto cuando parpadeo y cuando subo la escala descalza por las mañanas para asomarme a la ventana: todas las piernas son un mismo paso. Siento vértigo de la horizontal sin altura del exterior.

Hace una hora que perdí el recuerdo, se lo llevó una ráfaga de aire o, tal vez, un torpe aprendiz de pez volador se atragantó al intentar capturar una presa dos veces mayor que él.

Hace un par de minutos que me atemorizaron los ojos ciegos de un pez con las alas quebradas. 

Sé que dentro de un segundo me embaucará el recuerdo de su rostro, sus manos rozarán mi cintura y tendré la tentación de escribirle. 

Entonces saldré a la calle y, tumbada sobre la acera, observaré el interior de la cueva.
Marlo
(un pez se escapó a través de mi ventana)

domingo, 17 de mayo de 2009

POEMA VISUAL: Deseo (Poema perteneciente a la serie Vasos comunicantes)

La poesía visual como una mesa camilla patas arriba.


A los seis años me enseñaron a dibujar en el colegio, a plasmar sobre un papel las cosas que me rodeaban de forma habitual y que, extraña paradoja, había conocido dibujando cuando comencé a garabatear de forma intuitiva sobre cualquier superficie que hallaba a mi paso. 

"Un método es importante", escuché. "¿Por qué?", pregunté. "Para copiar con precisión lo que ves sobre una hoja de papel."

Entonces descubrí con horror dos cosas: la primera, y que más me atormentó, fue que hasta ese momento yo no había dibujado nada; y la segunda, que requería de ciertas armas para ser precisa.

Me puse manos a la obra. Mi primer dibujo fue un auténtico desastre, le faltaba precisión –mis líneas temblaban y se retorcían como árboles con dolor de estómago- y lo que era mucho peor: se veía cómo lo había hecho. Debía difuminar, suavizar, eliminar las líneas falsas, las manchas, los borrones. No bastaba con construir líneas, planos, curvas, sino que además debía cubrir todo ello; es decir, dibujar era algo parecido a construir una mesa camilla con su falda y su tapete.

Cuento esta pequeña anécdota porque cuando descubrí, años más tarde, el mundo de la poesía visual y experimental pensé que alguien había dado la vuelta a la mesa camilla y la había puesto obscenamente patas arriba. Y este hecho me resultó inquietante, impúdico, desestabilizador e irresistiblemente atractivo.

Ante el poema Llave de Joan Brossa uno descubre que el lenguaje no es una llave mágica con propiedades sobrenaturales que abre cualquier cerradura, sino que es capaz de generar todos los códigos necesarios e innecesarios para entrar o salir de cuantas estancias se quiera, porque tan importante es el mensaje como la construcción de ese proceso que se genera.

La poesía visual, el poema objeto y el libro objeto, el net.art, el arte postal y todas aquellas manifestaciones artísticas que han surgido en esta línea, ponen de manifiesto la importancia en el arte del proceso, de la elaboración, de la generación de redes de significado que se alimentan unas de otras y que enriquecen nuestra percepción; al mismo tiempo que evidencian las carencias actuales de una sociedad que valora los medios en función del resultado obtenido.

Un poema visual no es una mirilla, tampoco una cerradura, ni la llave que encajará en la puerta, porque tanto la mirilla, como la cerradura o la llave están en el poema visual a la vista de todos; lo que otorga a este tipo de manifestación artística gran libertad de movimiento, de expresión, de manipulación, de crítica y de autocrítica.

 Y con las claves que nos descubre la poesía visual uno puede ser preciso si así lo desea, dibujar elefantes de largas trompas, rastrear las vocales de un caracol, catalogar los diferentes sonidos de las bocinas de los coches, construir mesas camilla y levantarles las faldas o prenderles fuego.

 

Mar Lozano Reinoso

 

domingo, 10 de mayo de 2009

Desde la cueva (3): Ecos

POEMAS VISUALES
Eco circular

Eco cóncavo / Eco convexo

domingo, 3 de mayo de 2009

Libro: Desde la Cueva (2) Imágenes

Escenas 
(interior de la cueva)



Historias por contar

Cada noche, al tumbarme en la cama y mientras mi cuerpo se abandona al descanso, mi mente fabrica imágenes de forma involuntaria, breves extractos de posibles cuentos. En esos momentos siento rabia porque no estoy en condiciones de escribir e impotencia porque sé que perderé esos fragmentos de historias y, por una cuestión de estadística, siempre habrá alguno que merezca la pena. 
Por este motivo he decidido colocar un breve cuaderno y un bolígrafo junto a la lamparilla de noche y comenzar lo que he llamado supuestos de cuentos. No son relatos, tampoco ideas ocurrentes dignas de mención, ni breves anotaciones sobre sucesos acontecidos; sino esqueletos de cuentos que quizá un día vean la luz. 

Supuesto nº1 de un cuento.

(Un hombre camina por una carretera. Su paso es lento y regular. Los brazos le caen a ambos lados del cuerpo como dos sacos de patatas y mira al frente con cierto recelo.)

(La carretera es poco transitada. Un coche reduce la velocidad y para a su lado. Desde la ventanilla el conductor, un joven en mangas de camisa y con la corbata a medio anudar, le indica con una seña que le llevará si así lo desea. El hombre parece dudar pero finalmente accede.)

(Dentro del coche el joven le ofrece un cigarrillo y le pregunta hacia dónde se dirige. La conversación sería algo así:
- Donde voy carece de importancia.
- ¿Por qué? 
- Porque moriré al sobrepasar el árbol número 283.
- ¿Cómo dice?
- Digo que moriré al llegar al árbol número 283 –y le señala con el dedo los árboles alineados a un lado de la cuneta. 
- ¿Está de broma? 
- No bromearía sobre algo así.
- ¿Y cómo sabe cuál es el árbol 283?
- Porque he comenzado a contar cuando me he subido a su coche. 
- ¡Ya! ¿Y por qué está tan seguro de que morirá?
- Porque usted morirá a la altura del árbol 283.)

(El joven, nervioso y enfadado, arroja el cigarrillo por la ventanilla, frena el coche con brusquedad y le pide que se baje inmediatamente. El hombre lo hace con cierta parsimonia y una vez sobre la calzada le tiende la mano y le obsequia con una amplia sonrisa:
- Ha sido muy generoso de su parte, se lo agradeceré lo que me reste de vida.)

Marlo
(un paseo en coche)