lunes, 31 de mayo de 2010

La hoguera de las etiquetas

A veces siento que vivo en un gran supermercado donde uno tiene al alcance de la mano cualquier cosa que desee para su consumo. Eso sí, debidamente envasado, siguiendo los gustos estipulados por el buen marketing; certificado, habiendo pasado unos rigurosos controles de calidad mediáticos; y etiquetado.

Las etiquetas son muy importantes, ¿cómo si no saber el valor que tiene lo que se ha comprado? ¿Cómo distinguir al enemigo y al que puede ser amigo? ¿Cómo encauzar una conversación si nuestro interlocutor carece de etiqueta?

Etiquetamos los sentimientos, las relaciones, las ideas, los cuerpos, los conceptos, los barrios, las ciudades, los gestos, la cultura, la historia, los versos, el sexo, las palabras. No es lo mismo decir Dios en una Asamblea de eruditos judíos a pronunciar la misma palabra en el Congreso Mundial de Ateísmo; o hablar del poeta fulano en la Feria del Libro, a referirse a fulano, que es poeta, y que sigue empeñado en una búsqueda personal que sólo él entiende.

Por eso en los supermercados no importan los nombres sino las marcas. La marca no es sólo un nombre sino que es garantía, pertenencia, prestigio, y que produce anomalías mentales y parálisis emocional irreversible, pero ¿a quién le importa?

Yo personalmente me quedo con los nombres, y si estuviese en mi mano hacer una gran hoguera con todas las etiquetas, estaría encantada de prender la mecha.

marlo (asomada al balcón y sin etiquetas)

sábado, 22 de mayo de 2010

Bestiario de interior (fragmento)

Un nuevo proyecto, ¿por qué no? Tengo tantos en gestación que uno más no dañará la caótica masa en fermentación de nada.

Proyecto sacar adelante un bestiario de interior. ¿El motivo? ¿Quién no tiene dentro bichos, fantasmas, monstruos de dos cabezas y afiladas garras, deformes seres a los que les huele el aliento, extrañas aves que vuelan sin sombra y sin alas, o duendes de ojos saltones y siniestras sonrisas congeladas?

Mi objetivo es extraerlos con unas tenazas y arrojarlos fuera. Quizá vuelvan a introducirse en cuanto abra la boca o, tal vez, olviden el camino por siempre jamás.

Que así sea.

La alimaña

La alimaña se esconde de la luz en el interior del hueco, su rostro es demasiado feo para ser expuesto, y sale durante la noche bajo una dulce y apacible máscara de redondas facciones y tez tan blanca como la luna.

Y no es por casualidad: en esas noches, en las que la alimaña se pavonea por las calles, no hay luna que compita con su oscura blancura, tampoco sol que descubra la mentira. Una débil luz de neón se extiende a su paso: el farolillo ciego e impenitente.

Bajo su tenue resplandor se mueve la alimaña buscando lamer el calor energético de la presa, necesario para sus largas etapas de hibernación. Se deleita con el olor de la herida y en las llagas profundas se baña desnuda, dejando el disfraz guardado a buen recaudo.

Es por esto que hay heridas inmunes a los ungüentos, a las oraciones, a los besos, a la saliva, y no llegan a supurar.

Es difícil librarse de la alimaña. Es astuta, cautelosa, certera, y posee un olfato muy desarrollado que puede detectar el menor indicio de inclinación, de oscilación emocional, que aprovecha para deslizarse a través de la herida inflamada por el dolor e hincar sus afilados dientes.

Sólo existe un modo de enfrentarse a la alimaña: robarle el disfraz y dejarla desnuda a merced de las miradas ajenas que se reirán de su fealdad.

mar(lo)