lunes, 26 de abril de 2010

Rojo



En una ocasión un amigo me preguntó por qué en mi obra todo era rojo. Contesté que no todo era rojo, también era azul, y el resto de colores no eran sino meras aproximaciones al rojo o al azul. En función de la distancia, adquirían una tonalidad u otra.
Los colores son como son dependiendo de la distancia, igual que un punto se define por su posición respecto a otro punto, o la coordenada espacio-tiempo se genera según el movimiento de la materia, como el dedo de un niño presionando un trozo de plastilina.
No sé si mi amigo me entendió, pero a mí me entraron unas inusitadas ganas de aprehender el rojo y guardármelo en el bolsillo. Las cosas importantes uno siempre las lleva en los bolsillos.
El presente ensayo (que tiene más de cuento que de científico) es un intento de entrever el interior de la cera de color rojo que utilizaba obsesivamente cuando era pequeña en mis dibujos y que, por lo visto, no he sabido desprenderme de ella.


El color rojo
El rojo es un vaso, también podría ser una puerta.
Un vaso que se lleva en la mano de un lado a otro de la casa e, incluso, cuando se sale al exterior, porque fuera puede llover y dentro siempre es necesario beber.
El vaso está en contacto con los labios, los besos y la luz que expande el cristal. El vaso se ofrece al recién llegado o, por el contrario, se retira de la mesa.
Si el vaso se rompe, el rojo se esparce en todas las direcciones como una tela de araña manchada de vino.

El rojo es un deseo.
El deseo que abre una puerta sin querer y sin previo aviso.
Una puerta es siempre un escondite. Cuando la tierra tiembla y los pasos vacilan, el lugar más seguro es bajo el dintel de una puerta, la puerta que abrió el deseo.
Si la puerta encuentra su reflejo, se duplica. Entonces el deseo torna a la forma de un laberinto primigenio y el único modo de guiarse es seguir el trazado de la línea roja continua.

El rojo es la huella.
Las huellas que dejan mis pasos en la oscuridad de la noche pero que al llegar el alba se ruborizan ante las indiscretas miradas ajenas.
El rastro siempre persiste y se desnuda al sol del recuerdo, aunque tirite de frío porque en el mundo real el alma esté a diez grados bajo cero o, por el contrario, el sudor desdibuje su contorno porque el calor que hace es asfixiante.
Todavía no sé –¡hay tantas cosas que me quedan por aprender!- si la huella es huella antes de ser roja o el rojo adquiere forma de huella.

El rojo en el ojo
Una mañana me levanté con la extraña sensación de estar desnuda. Cuando me miré al espejo me asusté: la córnea de mi ojo izquierdo se veía roja, uniforme y brillante como una clara de huevo. El color me sedujo, parecía que alguien iluminase desde el fondo con una linterna roja.
Ese día viajé en avión bajo la presión de haber contado una pequeña mentira.
En el viaje descubrí que desde lo alto el color es una invención necesaria.
Quizá el rojo esté en mi ojo o, tal vez, mis ojos no puedan ver otro color.

Marlo (sobrevolando)

1 comentario:

  1. Además de muy hermoso, es muy interesante, llama mi atención total, muchas gracias. Enhorabuena.

    ResponderEliminar

Añade un comentario si lo deseas, tus palabras siempre son bienvenidas.