martes, 14 de abril de 2009

Libro El bosque del caracol. Fragmento. Dibujos Mar Lozano.




He pasado con anterioridad por este lugar, creo haber visto ese tronco deformado y aquel con la inscripción desfigurada por el tiempo, que un desconocido grabó con dedicación para constatar su presencia y su deseo, quizá él encontró una salida. No recuerdo cuándo fue, pero incluso reconozco el olor que exudan las ramas, las hojas caídas semienterradas en la tierra. ¡Llevo tanto tiempo vagabundeando inserto en el bosque! 

El bosque no puede dejar de ser bosque, esa es su condición, y su límite. En el bosque tienen cabida todos los senderos: los imantados, que suelen estar colmados como un panel de abejas; los ermitaños, que esconden paraísos detrás de pendientes inaccesibles y llanuras devastadas; los atajos de dudosa oscuridad; los que han hecho historia, y están decorados con luces de fiesta y banderines; los cotidianos, millones de huellas sobre huellas de doble dirección porque rara vez llevan lejos; los inaccesibles que no tienen nombre; los asfaltados dentro del marco de la legalidad; los abandonados de infinitas ramificaciones; los trazados con obstinación y voluntad; los soñados, los más deseados. Existen millones de ellos. También el que todos guardamos en el bolsillo: el sendero que un día trazamos, con un lápiz que encontramos, sobre una servilleta, en el borde de una guía de teléfonos o al margen de una carta; y que lo llevamos por si acaso, por si un día nos topamos con él y podemos identificarlo.


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