lunes, 13 de abril de 2009

Un pequeño relato; una breve carta

 
La carta

Las sábanas estaban frías, lo sentía bajo los muslos, y le picaba la piel al contacto de la tela demasiado almidonada. Pensó que se debía al empeño de los hoteles por eliminar cualquier rastro que hubiese podido dejar el inquilino anterior; por eso las paredes destilaban un profundo olor a cloroformo perfumado, de las tuberías del baño emanaba un fuerte hedor a lejía y en las toallas se concentraba el aroma de las flores mutiladas antes de tiempo. Aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum, era el mejunje que había utilizado para ducharse aquella misma mañana, o por lo menos eso certificaba la etiqueta del gel. A ella le pareció que olía como las toallas y las sábanas.
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas y calentaba su espalda semidesnuda. Era lo único agradable de aquella tarde de noviembre. No había querido vestirse, lo había dejado para el final, por si acaso; ponerse la ropa suponía claudicar, cerrar la puerta con el doble cerrojo y volver a caminar. 
Preparó el equipaje con parsimonia, con una dedicación extraña y obsesiva. Dobló la ropa con exactitud para que no se arrugase, la colocó dentro de las maletas en montoncitos simétricos y alineados con precisión, recogió las pocas cosas que había dejado a su llegada en el baño: una crema para las manos y otra para la cara, un perfume, un peine, el cepillo de dientes, el dentífrico, un colorete y una barra de labios. Lo metió todo dentro de una bolsa de mano y buscó su hueco dentro de la maleta. 
Se quedó mirando unos minutos el equipaje, ensimismada, nunca en su vida lo había hecho tan bien, incluso le sobraba sitio. Cerró las maletas con brusquedad: esos huecos que quedaban le parecieron obscenos. Sobre el sillón había dejado el vestido que iba a ponerse, el rosa pálido con las flores bordadas del mismo color que siempre había sido su preferido y el abrigo blanco y negro. Los zapatos negros de tacón esperaban sobre la moqueta y el sombrero, regalo de él, en lo alto del armario, cerca de la puerta.
Se había fumado dos cigarrillos. Hacía tiempo que lo había dejado; él había sido tan obstinado en sus ruegos para que no fumase, que le había hecho caso. Por él cualquier cosa, al fin y al cabo sólo era humo. Pero aquella tarde el humo le supo distinto, más ligero, menos amenazante y algo insípido. 
El primero lo encendió sin querer -alguien había dejado por descuido un paquete abierto sobre la repisa del baño- mientras iba de un lado a otro de la habitación, pensando, buscando motivos que justificasen su retraso, dilucidando qué debía hacer, si le llamaba a casa o mejor a su trabajo, si esperaba hasta la noche o tomaba el primer vuelo de regreso de la tarde. 
El segundo lo fumó medio recostada en la cama, para calmarse, tratando de frenar la excesiva actividad de su cerebro y porque algo en su garganta le impedía respirar. El sol no entraba por la ventana y tuvo que encender la luz de la habitación. El humo ascendía caprichoso hacia el techo, unas veces gris, otras de un blanco poco creíble. 
Aspiraba el humo con decisión para no llorar, no, no debía hacerlo, seguro que había sido un malentendido, quizá se había equivocado de día o de hotel o le habría ocurrido un imprevisto de última hora. No, él no era ese tipo de hombre. 
Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Se incorporó. Oyó como un conserje pronunciaba su nombre mientras introducía un sobre por debajo de la puerta. No contestó, esperó a no oír sus pasos en el pasillo para abrir la carta. Se había sentado sobre la cama, le temblaban las manos, el frío de las sábanas le adormecía las piernas y una mano invisible le oprimía con dureza el pecho. 
Rasgó el sobre y leyó, una vez, dos veces, tres. Apenas un par de líneas, era suficiente, estaba claro. Le dolió su brevedad, casi hubiese preferido recibir la carta en blanco sólo con su firma, con ese gesto también hubiese bastado y le habría dado la oportunidad de elegir las palabras. 
Ahora ya era tarde, en su memoria habían quedado grabadas para siempre esas dos frases. Cerró los ojos, el frío de la sábana le dolía.
Se levantó y se dirigió al baño. Se quitó la ropa interior. Abrió el agua de la ducha y tomó el gel de aqua, Glycerin, Lactic Acid y Parfum y lo extendió con la esponja por todo su cuerpo. Frotó sobre su piel, con ardor, con violencia, con insistencia.

Marlo
(perdida en una habitación de hotel)

1 comentario:

  1. "...esos huecos que quedaban (de la maleta) le parecían obscenos"
    Creo que no volveré a hacer una maleta sin sentir escalofríos.
    Tu escritura secuestra al ser anónimo al protagonismo del relato, devolviéndole a la intimidad de la experiencia solo espiada por tus palabras.

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