martes, 26 de mayo de 2009

El tiempo que dura el salto de un pez volador

Hace tiempo que no escribo sobre él, tampoco sobre mí y por supuesto aún menos acerca de los demás.

Hace semanas que gestiono y mi cabeza se ha convertido en una enorme calculadora sin teclas y sin funciones; por eso no consigo cuadrar las cuentas, ni las señales de humo, ni las sombras que juegan al ratón y al gato sobre las paredes de la cueva.

Hace días que no leo; se me cansaron los ojos. Algo empeña mi retina, lo noto cuando parpadeo y cuando subo la escala descalza por las mañanas para asomarme a la ventana: todas las piernas son un mismo paso. Siento vértigo de la horizontal sin altura del exterior.

Hace una hora que perdí el recuerdo, se lo llevó una ráfaga de aire o, tal vez, un torpe aprendiz de pez volador se atragantó al intentar capturar una presa dos veces mayor que él.

Hace un par de minutos que me atemorizaron los ojos ciegos de un pez con las alas quebradas. 

Sé que dentro de un segundo me embaucará el recuerdo de su rostro, sus manos rozarán mi cintura y tendré la tentación de escribirle. 

Entonces saldré a la calle y, tumbada sobre la acera, observaré el interior de la cueva.
Marlo
(un pez se escapó a través de mi ventana)

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