sábado, 12 de junio de 2010

Una pequeña confesión

(La culpa es de la obra que se ve en la foto: una de mis cajas sin título, me resisto a ponérselo.)


Padezco una ceguera crónica desde que abandoné mi escondite detrás de un sillón a la edad de cuatro años por imposición familiar; también una ligera cojera causada por mis vagabundeos mentales que me impide correr a la misma velocidad que los demás; y mi sistema auditivo se resiente ante determinados ruidos, conversaciones que no logro registrar y por lo tanto entender.

Sin embargo, y a pesar de mis limitaciones, cuando toco las paredes de la cueva siento las imágenes que han sido olvidadas; leo en los labios de las personas cuando hablan; y mis manos son precisas y ágiles.

No sé caminar contando los pasos; me paralizo cuando los demás ponen en mi boca sus palabras; me divierte jugar a cazar lo inaprensible, no así las mariposas; y me desnudan cuando me quitan las gafas.

Marlo
(bajo un paraguas)


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